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Archive for 25 agosto 2010

Después de la visita a Le Cinque Terre, le llegó por fin el turno a Pisa. Fuimos tempranito, para evitar aglomeraciones, a la Piazza dei Miracoli y visitamos el Duomo y el Batistero, donde nos deleitaron con una demostración acústica del eco producido por el muro doble de esta construcción (lástima que el encargado de realizarla no entonara demasiado bien).

Por supuesto, también nos hicimos las tradicionales fotos haciendo el chorra con la Torre pendente

 

y después dimos una vuelta por la ciudad, pasando por la Piazza dei Cavalieri, la Piazza Santa Caterina, i Lungarni, la Virgen della Spina, etc.

Para cenar fuimos a un restaurante pequeño en el centro, donde preparan los testaroli al pesto, un plato de pasta típico de la Liguria y que es raro encontrar en otras zonas, pero cuya texxtura es muy curiosa, ya que la pasta se cocina primero al horno y depués se cuece. Creo que cuando vuelva a España intentaré prepararlos, a ver qué sale.

Al día siguiente, el último de Nemorino en Italia, fuimos a ver Siena, una ciudad preciosa, de calles empinadas y famosa por la celebración del Palio de Siena, una carrera de caballos que se hace en el centro de la ciudad, en esta plaza:

También visitamos la Catedral y algunas otras iglesias de la ciudad.

Después de comer, fuimos a San Gimignano, un pequeño pueblo en el que aún se conservan muchas de las torres que durante la Edad Media y el Renacimiento se construyeron en la mayor parte de las poblaciones toscanas como símbolo del poder y riqueza de la familias a las que pertenecían,

además, el pueblo merece la pena porque todo él conserva ese aspecto medieval que te hace sentir como trasladado en el tiempo (aunque la afluencia de turistas rompa un poco ese encanto). Una visita obligada para quien viaje a la Toscana.

Yo, obviamente, no quise subir a la única torre en la que está permitido, pero insistí en que Nemorino lo hiciera. Al final, se conformó con hacerse un par de fotos con ellas (qué pena, si no, tendríamos unas instantáneas preciosas realizadas desde las alturas, jeje).

En fin, no dio tiempo para más. Aprovechamos lo mejor que pudimos los días que teníamos, pero llegó el momento de la despedida. Hace ya dos semanas que se fue (casi por los pelos, ya que el overbooking hizo que muchos pasajeros de su vuelo tuvieran que desplazarse a Milán para tomar otro avión) y pronto seré yo quien regrese a España. Mientras tanto, aquí sigo y todavía tengo cosas que contar.

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Como el viaje por Firenze, Bologna y Parma nos había dejado algo cansados, decidimos que el día siguiente lo dedicaríamos a algo más tranquilo, así que nos fuimos a Lucca, ciudad de la que ya os he comentado unas cuantas cosas en una entrada anterior (https://unaparolaoadina.wordpress.com/2010/07/18/sotto-le-mure/), así que no me voy a repetir, valga sólo un testimonio gráfico:

Como Lucca es pequeña y se ve más o menos rápido, por la tarde fuimos a Torre del Lago Puccini, el pueblo donde residió el compositor gran parte de su vida y donde compuso algunas de sus más famosas óperas, como La Bohème, Tosca, Madama Butterfly o la inconclusa Turandot, que comenzó allí antes de trasladarse a Viareggio, su última residencia.

La casa se convirtió en museo un año después de la muerte del compositor por deseo de su hijo. En ella se pueden ver todavía hoy el piano y la mesa que utilizaba para componer, en el mismo lugar que ocupaban entonces, así como innumerables objetos personales, fotografías, cartas e incluso la copia de la partitura de Turandot sobre la que trabajaba.

Hoy, el lugar está habitado por su nieta, Simonetta Puccini, con quien pude hablar durante la visita (lamentablemente me dio vergüenza pedirle una fotografía) y que nos comentó los planes que tienen  para ella en el futuro: abrir cuando puedan la planta superior, con los dormitorios.

En fin, como dentro de la casa no se pueden hacer fotos, aquí os dejo unas cuantas del exterior:

 

 

 Al día siguiente, como echábamos de menos el cansancio, nos decidimos por ir a hacer la ruta de Le Cinque Terre, una zona de la región de la Liguria, convertida en parque natural y que recibe su nombre de los cinco pueblos que recorren la costa del parque y por los cuales discurre el sendero: Monterrosso, Vernazza, Corniglia, Manarola y Riomaggiore.

Vernazza

 Nosotros, en realidad, hicimos sólo la ruta de cuatro, desde Vernazza a Riomaggiore, saltándonos el tramo de Monterrosso a Vernazza por ser el más largo. Aún así, la caminata es de tres horas, sin contar el tiempo que paras en los diferentes pueblos o que dedicas a darte un bañito. El sendero transcurre por la montaña, a través de cuestas, escaleras, etc., que lo hacen bastante trabajoso en algunos tramos, sólo al final, entre Manarola y Riomaggiore se vuelve un agradable paseo. En mi caso, había que sumar el inconveniente de mi pánico a las alturas, que no me hacía sentir muy cómoda con los acantilados a mis pies (no como a Nemorino),

pero lo conseguí y me siento orgullosa de ello:

La verdad es que fueron dos días inolvidables, recomiendo a todo el mundo la experiencia, ya que la belleza de ambos paisajes es increible.

(Próxima entrega: últimos viajes y despedida, ohhhh).

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Tras dejar Firenze, nos dirijimos a Bologna, en la región de la Emilia-Romagna, un poco más al norte. El viaje lo hicimos en tren (como todos), ya que es bastante cómodo y no demasiado caro, lo recomiendo.

Bologna es una ciudad completamente distinta a Firenze. Para empezar, los turistas no invaden las calles, por lo que la primera sensación que tienes es la de que realmente puedes ver la ciudad. Es cierto que no destaca especialmente por sus obras de arte o sus grandiosas construcciones, pero posee, a mi modo de ver, un encanto especial, se respira tranquilidad.

Paseando por sus típicos soportales (la ciudad está llena de ellos),

se llega al centro, a la Piazza Maggiore, donde confluyen algunos de los edicfios más carismáticos de Bologna: la Basilica de San Pietro, el Palazzo Comunale, el Palazzo di Re Enzo, el Palazzo dei Notai, el Palazzo del Podestá, el Palazzo dei Banchi y el Palazzo del Archiginnasio (antigua sede de la Universidad de Bologna, la más antigua del mundo). No es lugar de explicar las características de cada uno, así que deberéis conformaros con un par de fotos.

Palazzo di Re Enzo

 

Palazzo Comunale

Además de por sus soportales y palacios, Bologna era famosa por sus innumerables y altas torres, de las que hoy sólo quedan dos. Pero a nosotros, lo que más nos gustó fue la Basílica di Santo Stefano, un conjunto de iglesias que, unidas por construcciones sucesivas han acabado formando una sola en un marco temporal que va del siglo V al XV. Desde luego, debe ser visita obligatoria para quien pase por Bologna, totalmente recomendable.

 Al día siguiente, pasamos por Parma, aunque la verdad es que todo parecía confabularse contra nuestra visita: la mayoría de los edificios importantes cerraban a las 12 del mediodía, con lo que algunos se nos quedaron por ver, la gente era mucho menos amable en general y el cansancio de los días anteriores nos pasó factura. Conclusión: sólo vimos la Catedral, la Iglesia de Santa Maria della Staccata, el Teatro Farnese (lo que más me gustó) y un par de parques, el de San Paolo y el Parco Ducale, pero nos llevamos un buen trozo de parmiggiano de primera calidad, jeje.

Duomo di Parma

Continuará…

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Sé que ha pasado bastante tiempo desde la publicación de mi última entrada, pero tenía una buena razón: el día 3 de agosto recibí la visita del mio ragazzo y nos hemos estado moviendo durante diez días por zonas cercanas a Pisa como dos turistas más. Así pues, las próximas entradas las dedicaré a resumir los aspectos más interesantes de estos pequeños viajes.

El martes llegó Nemorino y el miércoles por la mañana ya partimos hacia Firenze (Florencia), donde pasamos dos días.

Firenze es la capital del Renacimiento italiano. El mecenazgo de la familia Medici favoreció la labor de numerosos pintores, escultores y arquitectos, cuyas obras podemos admirar hoy en la ciudad. Desde su Catedral, la más bella del mundo en opinión de los florentinos, con la magnífica cúpula de Brunelleschi…

a la impresionante colección pictórica de la Galleria degli Uffizi (donde se conservan, entre otras obras, la Primavera y el Nacimiento de Venus de Botticelli), pasando por el Palazzo Vecchio y la Piazza della Signoria con sus bellas estatuas, entre las que se contaba el David de Miguel Ángel (hoy copia, ya que el original se conserva en la Galleria dell’ Accademia),

il Bargello, con estatuas de Miguel Ángel y Donatello, la iglesia y museo de San Marcos, con frescos del Beato Angelico

o el Ponte Vecchio, el más antiguo de Firenza, del siglo XIV.

En definitiva, Firenze da para más de dos días y no pudimos ver algunos otros puntos verdaderamente importantes, como el Palazzo Pitti, San Lorenzo o la Santa Croce. Tendremos que volver, eso sí, si alguien quiere emularnos, debe saber que muchos lugares sólo abren por la mañana o hasta las 5 ó 6 de la tarde y se necesita bastante dinero, ya que es una ciudad en general cara, donde para ver cada atracción debes pagar una considerable suma y en algunas dos (en San Lorenzo, por ejemplo, se paga aparte la Capella Medicea). Aún así, merece la pena.

 

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Giuseppe Garibaldi (1807-1882) es uno de los grandes héroes nacionales en Italia por su responsabilidad en el proceso de unificación del país.

Italia, al igual que España, fue durante siglos un territorio peninsular dividido en numerosos reinos y ducados independientes entre sí y, en algunos casos, dominados por reinos exranjeros (Nápoles y Sicilia, por ejemplo, pertenecieron durante mucho tiempo a la Corona de Aragón). En el siglo XIX, con el Romanticismo y sus ideales, un gran número de movimientos nacionalistas surgieron por toda Europa, situación a la que no permaneció ajena la sociedad italiana.

Garibaldi, movido por este afán libertador, tras participar en la emancipación de las colonias americanas, regresó a su Italia natal convencido de que ésta debía ser una sola nación. Tras numerosas batallas, y algunas anexiones detacadas, decidió atacar Nápoles, una de las regiones más ricas del momento. Para ello partió desde Génova y atracó en Salerno, desde donde, con la ayuda de Cavour, se dirigió a Nápoles. La derrota del rey Francisco II en la batalla de Volturno, supuso un punto de inflexión en la guerra, cuyo fin se desencadenó después rápidamente.

Así pues, nuestro personaje se convirtió en un héroe y su estatua preside las plazas de casi todas las ciudades italianas. Pisa no es una excepción:

La Piazza di Garibaldi es uno de los puntos de encuentro más frecuentados en la ciudad. Junto al río, en uno de los extremos del Ponte di mezzo, es casi paso obligatorio para aquel que desee atravesar la ciudad y allí, desde su pedestal, el padre de la nación contempla cada noche una imagen de gran belleza, cuando I Lungarni, las riberas del río Arno, se iluminan y ofrecen a pisanos y turistas esta vista incomparable:

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